Exorcismo:
A L. le duele la cabeza hace ya dos o tres días. Ese dolor, que parece efecto del alcohol, pero sin haber tomado lo suficiente, se ubica muy adentro de su cabeza y se extiende hacia la izquierda, por momentos hasta la nuca. L. tiene sus dolores de cabeza clasificados, y sabe que este pertenece a la categoría de los que persisten hasta que logre arrojar afuera la inquietud o la duda; es del tipo obsesivo.
Va hacia el placard y busca entre la ropa de uso diario algún par de medias que sirva. Convertido en una pelota, o acaso alargado como una figura ovoide, es un pequeño muñeco al que se le pueden clavar agujas. L. se pregunta si debe dibujarle o no rasgos, aquellos de la persona que le produce ese sonido a motosierra desde su propio interior. Se dice que no, porque no quiere poner en ridículo su rito doméstico, pero que sí dibujará, con un marcador negro, lo que sea necesario para que sus medias sean símbolo. Respira y se da a esa tarea que L. ya pensó y que ahora debe seguir sin pensar para que sea eficaz en la cura.
Veinte alfileres como puñalitos. Clavar y remover un poco. Imaginar tripas que se abren y sangran. Ser actriz en la representación del odio y sonreír por el daño que se actúa. Pagar la herida con asesinato.
A L. le queda apenas un único deseo: dormir en calma, como si fuera en altamar.