El hallazgo de esa mañana reveló algo sorprendente: aún nadaban peces
dorados en esos ríos. Sin embargo un pez, un único pez, además de ser dorado
como un sol radiante, tenía un cuerno. Y fue encontrado muerto, fuera del agua,
esa mañana de agosto, cuando las aguas sufrían un largo período de bajas. Me
acerqué con mi hermano, empujamos con los codos las piernas de los adultos,
para hacernos un lugar entre la multitud que rodeaba al pez. Mi hermano
pequeño, que no tiene pudor de ser entrometido, se colocó entre el profesor de
biología, el pescador y su mujer, que custodiaban al animal con sorpresa y
reverencia. Un hombre alzó su voz por sobre el barullo y propuso que guardaran
al pez en una caja de silicona transparente, él mismo se encargaría de llevarlo
a la iglesia. No me gustó la idea de encerrarlo en el altar, quise decir algo
pero no encontré palabras rápidas y convincentes. Entonces mis antenas
sintieron a lo lejos una sirena de barco. Pero no pertenecía a barco alguno,
sino más bien a una pequeña canoa que se acercaba a la orilla tripulada por dos
hombres de bajísima estatura y piel rosada. Sin decir nada, se acercaron; con
agilidad de insectos, agarraron al pez unicornio dorado y corrieron de vuelta a su canoa. Y de allí,
río abajo. Al día siguiente, todo el pueblo creyó que había tenido un único y
mismo sueño, jamás tan extraño.