7.06.2012



Travesía en seis etapas:
I
   No bien habían transcurrido diez minutos desde mi ingreso al compartimento, una vez que me había acomodado en el asiento, dispuesto a seguir con la novela que leía de a ratos, entraron una mujer y una niña, decididas a instalarse allí. Deseaba un viaje tranquilo, ajeno a los riesgos de una sociabilidad forzosa. Sin embargo, hete aquí que estaban ambas frente a mí, una mujer de unos treinta y tantos años y una niña, de unos cinco o seis años, que hablaba poco pero con una vocecita aguda, molesta.
   Saludaron amablemente, las dos a la vez, con un “Hola” la niña, un “Buenos días” su madre; luego la madre acomodó un bolso que le tendió la niña en el portaequipaje y se sentaron, casi a la vez, también.  Respondí al saludo con la mirada, pero di poco lugar a la conversación, mantuve mi libro abierto y aferré mi vista a las palabras que ya no resonaban con claridad en mi mente.  La novela me interesaba y procuré volver a ella por completo; sin embargo, no era buena. A veces es así, me empecino en terminar una novela simplemente por haberla comprado; en ese momento, además, me servía de escudo protector.
II
   Al cabo de unos minutos, la niña me miró con curiosidad y preguntó:
- ¿Por qué viaja solo?  
- Luisa, no seas descortés, ¿no ves que el señor está leyendo?
- Viajo acompañado de ustedes, no solo, o... ¿sí?
La madre me hizo saber con un gesto de desaprobación que mi tono no había sido el mejor.
- ¿Por qué viaja con nosotras?
- Pues porque ustedes han decidido viajar conmigo.
- Mi prima y yo no decidimos que usted esté aquí.
   Tomé nota del parentesco y solté un involuntario bostezo pero aproveché la ocasión para dar a entender que no quería hablar mucho más. La niña percibió algo, porque inmediatamente giró su cuellito hacia la ventana y se quedó mirando el paisaje. El tren acababa de arrancar e iba ganando lentamente velocidad.
III
   El viaje no tendría estaciones intermedias, normalmente tomaba sesenta minutos hacer el recorrido. Conocía de memoria los cambios en el paisaje, los contrastes de los terrenos primero fabriles, luego, por un tramo breve, campestres.  A veces las chimeneas arrojaban al aire serpientes de humo que horadaban el cielo con sus dibujos, pero esta mañana, extrañamente, el aire estaba límpido y no se percibía la inquietud de otros días.  Por un momento, pude abstraerme en la lectura, pero de pronto la mujer, empezó a hacerle preguntas a su prima niña y no me quedó más remedio que oírlas... que cómo te va en la escuela, que cuál es tu materia favorita, que qué van a hacer cuando se reúnan con Mariana, que qué paseos te gustaría dar por La Plata, que qué comidas preferís para el almuerzo.  La pequeña respondía una por una las preguntas pero se detuvo largamente en los almuerzos con una lista completa de platos que le gustaban y un no enfático, múltiple y caprichoso sobre ciertas verduras, postres, frutas.  Me dije cuán afortunado era yo de no tenerla de huésped e intenté distraer de ellas mi atención cuando algo en el atuendo de la niña me atrajo. El estampado de su vestido, que a primera vista parecía  cubierto de flores silvestres, estaba formado por peces de distintos tamaños que se devoraban unos a otros.
- ¿Qué novela está leyendo?
- Disculpe –la mujer me miró, complaciente-. ¿No ves que el señor no quiere conversar?
   Entonces la pequeña hizo algo que me sorprendió: se acercó, se colocó detrás del libro, y empezó a leer el título en voz alta con cierta dificultad pero en evidente desafío.  Necesitaba acompañar el deletreo con su dedo índice, que deslizaba sobre la tapa sin perder aplomo. El rostro de su prima, detrás de ella, envejeció décadas de enojo; tomó a la niña de la mano,  la empujó a su lugar y la reprendió. La situación me permitió esconder las garras que repentinamente atravesaron la tela de mis guantes.  Apenas habíamos estado viajando durante quince minutos.
IV
  Si bien trayecto era breve, el vagón parecía acumular el calor de varios días de travesía. Era otoño, pero allí dentro sucedía un verano recio de comienzos de enero. Yo me debatía entre esquivar la mirada de la mujer y persistir en la lectura.  Ella ya no hablaba con la niña, sino que me examinaba con bastante curiosidad, como si algo la preocupara.  No quise dar ninguna señal que la invitase a la charla, jugué a ser el hombre huraño que tan bien puedo representar. Mientras, la niña se había encerrado en un silencio saludable, miraba por la ventana y parecía contar árboles o automóviles.  Sumaba los dedos de una mano, luego los de la otra y después vuelta a empezar, lo que seguramente la desconcertaba en su cálculo, pero aún así, no profería palabra alguna. Por unos instantes, cerré los ojos; me asombró sentir cierto agrado en la compañía de esas mujeres. El traqueteo de la marcha, el sonido ronco de la locomotora del tren, la calidez del compartimento me adormecieron por algunos minutos. 

V
   Fue a la media hora de viajar cuando sucedió la cosa maldita.  La niña se puso a jugar con una canica de vidrio de esas que tienen dentro láminas de colores.  La canica iba y venía de un extremo al otro del asiento donde estaban sentadas ellas; la pequeña la atajaba antes de caer y la empujaba hacia adentro, allí el rebote la echaba a rodar de nuevo.  De pronto el vagón se sacudió sobre las vías y saltamos los tres levemente.  La canica salió despedida en mi dirección, y se escondió entre mis pies, encajándose justo entre mis talones y la base del asiento. Con una velocidad que no me dio tiempo a reaccionar, la niña se lanzó a recuperarla. Impulsada por una violencia infantil golpeó mis rodillas para que dejara paso a su búsqueda  y se agachó.  Desconcertado, no atiné a hacer movimiento ni a favor ni contrario a sus gestos, pero sentí cómo los nervios disparaban flechas de tensión hacia mi piel y huesos en milésimas de segundo.  Algo en mi rostro denotó la furia, porque la mujer me miró, lenta, con una expresión que rogaba disculpas y comprensión; aún así permaneció inmóvil en su lugar mientras la chiquilla intentaba agarrar la esfera que se escapaba de un lado a otro a causa de la marcha. Entonces, sin quererlo, abrí la boca para decir algo pero los sonidos que brotaron de mí no se unían en palabras; intentaba desesperadamente hablar dentro de esa otra voz que ya no era la mía pero conocía de sobra. La mirada espantada de la mujer y la niña me avisaron que ya era tarde: por más que quisiera, la máquina ya había empezado a correr y dejaba paso a lo peor otra vez.   Llegado a este punto, el cuerpo lo hace todo por su cuenta, los ruidos bestiales, el  estirarse las uñas, los movimientos agitados, los músculos endurecidos, expectantes, la reacción animal.   
   Fue un instante breve, me ubiqué frente a la puerta, para evitar la salida de ambas y me di por vencido a la marea que embotaba mi razón.
VI
   El resto del viaje transcurrió en absoluta tranquilidad. Había deseado estar solo y ahora lo estaba, por lo que pude seguir leyendo sin interrupciones.  A los diez minutos el vehículo aminoró la marcha y desde la ventana vi las vigas inmensas de la estación y el tumulto de otros tantos pasajeros esperando el arribo.  No fue difícil dejar el compartimento intacto,  estoy acostumbrado a las limpiezas imprevistas, por menos gratas que me resulten. A diferencia de otras veces, la mujer y la niña se habían mostrado especialmente dóciles a la tarea.
   Tomé mi valija, salí de allí, descendí del tren y busqué un taxi cualquiera que me llevara rumbo al aeropuerto.