Travesía en seis etapas:
I
No bien habían transcurrido diez minutos desde mi ingreso al
compartimento, una vez que me había acomodado en el asiento, dispuesto a seguir
con la novela que leía de a ratos, entraron una mujer y una niña, decididas a
instalarse allí. Deseaba un viaje tranquilo, ajeno a los riesgos de una
sociabilidad forzosa. Sin embargo, hete aquí que estaban ambas frente a mí, una
mujer de unos treinta y tantos años y una niña, de unos cinco o seis años, que hablaba
poco pero con una vocecita aguda, molesta.
Saludaron amablemente, las dos a la vez, con un “Hola” la niña, un
“Buenos días” su madre; luego la madre acomodó un bolso que le tendió la niña
en el portaequipaje y se sentaron, casi a la vez, también. Respondí al saludo con la mirada, pero di
poco lugar a la conversación, mantuve mi libro abierto y aferré mi vista a las
palabras que ya no resonaban con claridad en mi mente. La novela me interesaba y procuré volver a
ella por completo; sin embargo, no era buena. A veces es así, me empecino en
terminar una novela simplemente por haberla comprado; en ese momento, además, me
servía de escudo protector.
II
Al cabo de unos minutos, la niña me miró con curiosidad y preguntó:
- ¿Por qué viaja solo?
- Luisa, no seas descortés, ¿no
ves que el señor está leyendo?
- Viajo acompañado de ustedes, no solo, o... ¿sí?
La madre me hizo saber con un
gesto de desaprobación que mi tono no había sido el mejor.
- ¿Por qué viaja con nosotras?
- Pues porque ustedes han
decidido viajar conmigo.
- Mi prima y yo no decidimos que
usted esté aquí.
Tomé nota del parentesco y solté un involuntario bostezo pero aproveché la
ocasión para dar a entender que no quería hablar mucho más. La niña percibió
algo, porque inmediatamente giró su cuellito hacia la ventana y se quedó
mirando el paisaje. El tren acababa de arrancar e iba ganando lentamente
velocidad.
III
El viaje no tendría
estaciones intermedias, normalmente tomaba sesenta minutos hacer el recorrido.
Conocía de memoria los cambios en el paisaje, los contrastes de los terrenos
primero fabriles, luego, por un tramo breve, campestres. A veces las chimeneas arrojaban al aire
serpientes de humo que horadaban el cielo con sus dibujos, pero esta mañana,
extrañamente, el aire estaba límpido y no se percibía la inquietud de otros
días. Por un momento, pude abstraerme en
la lectura, pero de pronto la mujer, empezó a hacerle preguntas a su prima niña
y no me quedó más remedio que oírlas... que cómo te va en la escuela, que cuál
es tu materia favorita, que qué van a hacer cuando se reúnan con Mariana, que
qué paseos te gustaría dar por La Plata, que qué comidas preferís para el
almuerzo. La pequeña respondía una por
una las preguntas pero se detuvo largamente en los almuerzos con una lista
completa de platos que le gustaban y un no enfático, múltiple y caprichoso
sobre ciertas verduras, postres, frutas.
Me dije cuán afortunado era yo de no tenerla de huésped e intenté
distraer de ellas mi atención cuando algo en el atuendo de la niña me atrajo.
El estampado de su vestido, que a primera vista parecía cubierto de flores silvestres, estaba formado
por peces de distintos tamaños que se devoraban unos a otros.
- ¿Qué novela está leyendo?
- Disculpe –la mujer me miró, complaciente-.
¿No ves que el señor no quiere conversar?
Entonces la pequeña hizo algo que me sorprendió: se acercó, se colocó
detrás del libro, y empezó a leer el título en voz alta con cierta dificultad
pero en evidente desafío. Necesitaba
acompañar el deletreo con su dedo índice, que deslizaba sobre la tapa sin
perder aplomo. El rostro de su prima, detrás de ella, envejeció décadas de
enojo; tomó a la niña de la mano, la
empujó a su lugar y la reprendió. La situación me permitió esconder las garras
que repentinamente atravesaron la tela de mis guantes. Apenas habíamos estado viajando durante
quince minutos.
IV
Si bien trayecto era breve, el vagón parecía acumular el calor de varios
días de travesía. Era otoño, pero allí dentro sucedía un verano recio de
comienzos de enero. Yo me debatía entre esquivar la mirada de la mujer y
persistir en la lectura. Ella ya no
hablaba con la niña, sino que me examinaba con bastante curiosidad, como si
algo la preocupara. No quise dar ninguna
señal que la invitase a la charla, jugué a ser el hombre huraño que tan bien
puedo representar. Mientras, la niña se había encerrado en un silencio
saludable, miraba por la ventana y parecía contar árboles o automóviles. Sumaba los dedos de una mano, luego los de la
otra y después vuelta a empezar, lo que seguramente la desconcertaba en su
cálculo, pero aún así, no profería palabra alguna. Por unos instantes, cerré
los ojos; me asombró sentir cierto agrado en la compañía de esas mujeres. El
traqueteo de la marcha, el sonido ronco de la locomotora del tren, la calidez
del compartimento me adormecieron por algunos minutos.
V
Fue a la media hora de viajar cuando sucedió la cosa maldita. La niña se puso a jugar con una canica de
vidrio de esas que tienen dentro láminas de colores. La canica iba y venía de un extremo al otro
del asiento donde estaban sentadas ellas; la pequeña la atajaba antes de caer y
la empujaba hacia adentro, allí el rebote la echaba a rodar de nuevo. De pronto el vagón se sacudió sobre las vías
y saltamos los tres levemente. La canica
salió despedida en mi dirección, y se escondió entre mis pies, encajándose
justo entre mis talones y la base del asiento. Con una velocidad que no me dio
tiempo a reaccionar, la niña se lanzó a recuperarla. Impulsada por una violencia
infantil golpeó mis rodillas para que dejara paso a su búsqueda y se agachó.
Desconcertado, no atiné a hacer movimiento ni a favor ni contrario a sus
gestos, pero sentí cómo los nervios disparaban flechas de tensión hacia mi piel
y huesos en milésimas de segundo. Algo
en mi rostro denotó la furia, porque la mujer me miró, lenta, con una expresión
que rogaba disculpas y comprensión; aún así permaneció inmóvil en su lugar
mientras la chiquilla intentaba agarrar la esfera que se escapaba de un lado a
otro a causa de la marcha. Entonces, sin quererlo, abrí la boca para decir algo
pero los sonidos que brotaron de mí no se unían en palabras; intentaba desesperadamente
hablar dentro de esa otra voz que ya no era la mía pero conocía de sobra. La
mirada espantada de la mujer y la niña me avisaron que ya era tarde: por más
que quisiera, la máquina ya había empezado a correr y dejaba paso a lo peor otra
vez. Llegado a este punto, el cuerpo lo hace todo
por su cuenta, los ruidos bestiales, el estirarse las uñas, los movimientos agitados, los
músculos endurecidos, expectantes, la reacción animal.
Fue un instante breve, me ubiqué frente a la puerta, para evitar la
salida de ambas y me di por vencido a la marea que embotaba mi razón.
VI
El resto del viaje
transcurrió en absoluta tranquilidad. Había deseado estar solo y ahora lo
estaba, por lo que pude seguir leyendo sin interrupciones. A los diez minutos el vehículo aminoró la
marcha y desde la ventana vi las vigas inmensas de la estación y el tumulto de
otros tantos pasajeros esperando el arribo.
No fue difícil dejar el compartimento intacto, estoy acostumbrado a las limpiezas
imprevistas, por menos gratas que me resulten. A diferencia de otras veces, la
mujer y la niña se habían mostrado especialmente dóciles a la tarea.
Tomé mi valija, salí de allí, descendí del tren y busqué un taxi
cualquiera que me llevara rumbo al aeropuerto.