Hablábamos cada tanto de esa habilidad que tiene cierta gente para la anécdota.
Es así: hay quien cuenta lo que le sucedió, trivial, absolutamente semejante a lo que nos pasa a todos, y sin embargo hace de eso una linda narración para mostrar. Posee un don particular para narrar lo cotidiano.
Si uno no lo posee, pero quiere o debe narrar se abren (al menos) dos caminos:
la abstracción -entonces uno cuenta algo que le sucedió, o bien que le sucedió a otro, sin decir la acción, más bien sugiriéndola, haciendo alusiones, interpretándola, como si la base de la historia ya fuera conocida, con el desafortunado efecto de que uno cree ser comprendido y en cambio nadie entiende;
o las intermitencias -entonces uno cuenta la acción de a relámpagos, sin poder conectar los hechos, con el desafortunado efecto de que uno tiene la sensación de que nadie entiende y en efecto es así.
Un tercer camino es mirar.